La Plaza de la Cebada y la devoción de San Isidro: mercado, ejecuciones y milagros

Pocas plazas madrileñas reúnen tanta historia y tantas vidas cruzadas como la Plaza de la Cebada. Situada entre la calle Toledo y la del Humilladero, este espacio ha sido, según la época, mercado, lugar de fiestas, escenario de ejecuciones públicas y símbolo del comercio popular. Su historia es, en buena medida, la historia del propio Madrid.

El origen de una plaza comercial

La Plaza de la Cebada comenzó a formarse en el siglo XVI, sobre terrenos pertenecientes a la Orden de Calatrava. Desde el principio, se dedicó al comercio de cereales, legumbres y tocino, productos básicos para una ciudad que crecía rápidamente con la llegada de la Corte.

Su nombre proviene de la cebada que allí se separaba en dos partes: una destinada a los caballos del rey y otra a los regimientos de caballería. Los labradores de los pueblos cercanos traían sus sacos a esta plaza para venderlos, generando un bullicio que los cronistas de la época describen como constante y alegre.

Durante el siglo XVII, la plaza fue acondicionada como jardín para celebrar las fiestas de San Isidro, y pronto se convirtió también en el escenario de las ferias de Madrid, donde los vecinos podían encontrar desde ropa y comida hasta animales y utensilios de cocina.

El escenario de las ejecuciones

Sin embargo, la Cebada también conoció el lado oscuro de la historia madrileña. Tras el incendio de la Plaza Mayor en 1790, el lugar tradicional de los ajusticiamientos públicos se trasladó aquí. Durante décadas, la plaza fue escenario de ejecuciones que congregaban a miles de curiosos.

El caso más recordado fue el del general Rafael del Riego, ejecutado en 1823. Riego, héroe liberal que había proclamado la Constitución de 1812, fue vitoreado años antes por el pueblo madrileño. Pero el giro político del reinado de Fernando VII lo convirtió en traidor, y fue ahorcado en medio de insultos y abucheos.
Tras la Revolución de 1868, la plaza llegó a llamarse Plaza de Riego en su memoria, aunque en 1874 recuperó su nombre original.

Las fuentes de la abundancia

En la Cebada también se levantaron algunas de las fuentes más hermosas de la ciudad. La Fuente de la Abundancia, construida en 1624 por el arquitecto Gómez de Mora, coronaba el centro del espacio con una figura femenina que sostenía un niño en brazos. Más tarde se añadió la Fuente de Endimión, adornada con esculturas mitológicas, que fue trasladada a Lavapiés y después al Museo de Historia.

Estas fuentes eran algo más que ornamento: eran lugares de encuentro, puntos donde los aguadores llenaban sus cántaros y las mujeres charlaban mientras esperaban turno. A su alrededor floreció una intensa vida social y comercial, que todavía hoy se respira en el mercado.

El mercado de hierro y cristal

En el siglo XIX, con la modernización urbana, la plaza acogió uno de los proyectos más ambiciosos del Ayuntamiento: el Mercado de la Cebada, una estructura de hierro y cristal inspirada en el parisino Les Halles. Fue inaugurado en 1875 y se convirtió en un símbolo del progreso de Madrid. Allí se mezclaban vendedores de frutas, pescaderos, carniceros y floristas, en un ambiente siempre ruidoso y colorido.

El mercado fue demolido en 1956, y en su lugar se levantó el edificio actual, inaugurado en 1958. Aunque su arquitectura de hormigón y colores vivos poco tiene que ver con la elegancia del anterior, su espíritu sigue siendo el mismo: un espacio de vida cotidiana, cercano y popular. En 2013, una remodelación le devolvió parte de su brillo, manteniendo su esencia como mercado de barrio.

La devoción a San Isidro

La plaza también estuvo muy vinculada al culto del patrón de Madrid, San Isidro Labrador. En su esquina con la calle del Humilladero se encontraba la Iglesia de Nuestra Señora de Gracia, fundada por Francisco Ramírez, marido de Beatriz Galindo “la Latina”. En ella se veneraba una imagen de la Virgen donada por el propio Ramírez.

Muy cerca, la Capilla de San Isidro, hoy integrada en la Iglesia de San Andrés, fue otro de los grandes símbolos del barrio. Levantada en el siglo XVII, albergó durante siglos los restos del santo antes de su traslado a la Colegiata. Su espectacular altar-baldaquino barroco, obra de Sebastián de Herrera Barnuevo, fue destruido en 1936 durante la Guerra Civil, pero aún se recuerda como una de las piezas maestras del arte madrileño.

De plaza de ajusticiamientos a plaza de encuentro

Con el paso del tiempo, la Plaza de la Cebada perdió su función judicial y recuperó su carácter popular. Durante el siglo XIX y buena parte del XX, fue el punto de reunión de comerciantes, aguadores, músicos y vecinos. También fue escenario de verbenas, ferias y celebraciones religiosas, especialmente durante las fiestas de San Isidro.

Hoy, la plaza mantiene ese espíritu de mezcla entre lo sagrado y lo cotidiano. Junto al mercado, se suceden los bares, las terrazas y los puestos ambulantes. En sus adoquines conviven siglos de historia, y en sus esquinas aún resuenan los ecos de vendedores, pregoneros y guitarras castizas.

Un lugar con alma

La Cebada ha sido muchas cosas: campo de grano, patíbulo, jardín, mercado y punto de encuentro. Cada una de sus etapas deja una huella que la convierte en un espacio único del viejo Madrid. Aquí se cruzan la vida y la muerte, la fe y el comercio, la historia y la rutina diaria.
Y es que, como bien decía Mesonero Romanos, “en Madrid, hasta el mercado tiene historia”.


Fuentes consultadas: documentación de la ruta “Latina / San Isidro”, Archivo Histórico de Madrid, y crónicas de Mesonero Romanos.