La Colegiata de San Isidro y el legado jesuita de Madrid

En el número 37 de la calle Toledo se alza un templo que condensa más de cuatro siglos de historia madrileña: la Colegiata de San Isidro. Este edificio no solo ha sido escenario de devoción religiosa, sino también reflejo de los grandes vaivenes políticos y sociales de la ciudad.

El nacimiento del Colegio Imperial

Sus orígenes se remontan al siglo XVI, cuando la Compañía de Jesús decidió fundar en Madrid un centro educativo. Corría el año 1558 y el jesuita Pedro de Ribadeneyra fue el impulsor del proyecto. Por aquel entonces, los religiosos tenían información privilegiada: sabían que Felipe II planeaba trasladar la Corte a Madrid, lo que haría de la villa un foco de poder y conocimiento.

El Colegio Imperial ofrecía estudios de gramática, retórica y teología, y pronto adquirió gran prestigio en la corte. La institución contó con la protección de la emperatriz María de Austria, hija de Carlos V y hermana de Felipe II, quien, tras enviudar, regresó a Madrid para ingresar en el convento de las Descalzas Reales. Admiradora de los jesuitas, destinó parte de su fortuna a reconstruir el colegio, que pasaría a llamarse Colegio Imperial en su honor.

De colegio jesuita a colegiata

El edificio actual comenzó a construirse en el siglo XVII, siguiendo los planos del jesuita Pedro Sánchez hacia 1620, inspirado en el modelo de la iglesia del Gesù de Roma. Tras su muerte, las obras continuaron bajo la dirección del hermano Francisco Bautista, que introdujo una técnica arquitectónica característica del barroco madrileño: la cúpula encamonada, ligera y de intradós de yeso, sostenida por armazones de madera. Esta innovación permitió ampliar los espacios y dar al interior una sensación de amplitud y teatralidad sin elevar demasiado los costes.

En 1767, un año después del Motín de Esquilache, los jesuitas fueron expulsados de España, acusados de instigar las revueltas populares. La iglesia pasó entonces a ser Colegiata de San Isidro, advocación que conserva hasta hoy, y se trasladaron allí los restos del patrón de Madrid y de su esposa Santa María de la Cabeza. El colegio, convertido en institución laica, pasó a denominarse Estudios Nacionales y más tarde Instituto de Enseñanza San Isidro, uno de los primeros institutos de la capital junto al Cardenal Cisneros.

Tragedia y reconstrucción

La historia del templo también conoció episodios trágicos. En 1834, durante la regencia de María Cristina, una epidemia de cólera azotó Madrid. La superstición popular culpó a los religiosos de haber envenenado las fuentes. La histeria colectiva llevó al linchamiento de dieciséis jesuitas refugiados en el Colegio Imperial. Aquel sangriento suceso, conocido como la matanza de frailes de 1834, marcó profundamente la memoria madrileña.

Con el tiempo, el templo fue objeto de reformas notables. En 1769, el arquitecto Ventura Rodríguez proyectó un nuevo presbiterio y el retablo mayor. Más tarde, en 1885, al crearse la diócesis de Madrid-Alcalá, la colegiata fue designada catedral provisional de Madrid, función que mantuvo hasta la consagración de la Almudena en 1993.

Durante la Guerra Civil, en 1936, el edificio fue incendiado y su cúpula central se derrumbó. La restauración posterior fue dirigida por el arquitecto Javier Barroso, quien completó las torres inacabadas del siglo XVII. Paradójicamente, Barroso también fue futbolista y presidente del Atlético de Madrid: un madrileño polifacético que dejó su huella tanto en la arquitectura como en el deporte.

Un recorrido por el arte y la arquitectura

La Colegiata de San Isidro tiene planta de cruz latina, con una sola nave y capillas laterales comunicadas entre sí. La cabecera es plana, y el crucero está coronado por una cúpula encamonada. La alternancia de formas cuadradas y rectangulares en las capillas, junto con los juegos de luz y las tribunas, crea un interior de gran riqueza visual.

El estilo exterior combina sobriedad y monumentalidad. Su fachada principal, flanqueada por dos torres cuadradas, recuerda más a un palacio que a una iglesia, reflejando el carácter civil del barroco madrileño. Aunque las torres no se terminaron en su época, su silueta actual, completada en el siglo XX, domina con elegancia la calle Toledo.

Los viajes del cuerpo de San Isidro

Los restos de San Isidro Labrador tuvieron un periplo casi novelesco antes de reposar en la Colegiata. Según las crónicas, el santo fue enterrado primero en el cementerio de la iglesia de San Andrés, donde permaneció cuarenta años. Luego sus restos fueron colocados en un arca decorada con escenas de sus milagros, regalo del rey Alfonso VIII. Más tarde, el cuerpo fue trasladado por orden de Felipe III a Casarrubios del Monte (Toledo) durante una rogativa por la salud del monarca.

Ya curado el rey, los restos regresaron a Madrid, hicieron parada en Móstoles y finalmente fueron depositados en la Capilla de San Isidro de San Andrés por mandato de Felipe IV, quien promovió su canonización. En tiempos de Carlos III, los restos llegaron incluso al Palacio Real cuando su esposa, la reina María Amalia de Sajonia, enfermó gravemente. Finalmente, el cuerpo del santo volvió a la Colegiata, donde permanece junto a las reliquias de su esposa.

Un símbolo de identidad madrileña

Hoy, la Colegiata de San Isidro sigue siendo un lugar de culto y un símbolo de la identidad madrileña. Su historia entrelaza religión, arte y política, y nos habla de una ciudad que, desde el Siglo de Oro hasta nuestros días, ha sabido reinventarse sin perder sus raíces. Pasear por su interior —con la luz tamizada que se cuela por las vidrieras, el aroma de incienso y el eco de los siglos— es, sin duda, una de las experiencias más evocadoras que ofrece el viejo Madrid.


Fuentes consultadas: Archivo Histórico de Madrid, Mesonero Romanos, y documentación de la ruta “Latina / San Isidro”.