La Plaza de la Paja: nobleza, arte y leyendas del viejo Madrid
La Plaza de la Paja es, quizá, el rincón más cautivador del barrio de La Latina. Escondida entre calles empedradas, en pendiente hacia la basílica de San Francisco el Grande, esta plaza guarda en sus piedras la memoria del Madrid medieval: un tiempo de nobles, clérigos y mercaderes.
Aquí se cruzan la historia del poder, la devoción religiosa y la vida cotidiana de una ciudad que comenzaba a soñar con ser corte.
El mercado medieval
Durante los siglos XIII y XIV, la Plaza de la Paja era el centro comercial más importante de Madrid. Su nombre proviene de la paja que los criados del cabildo de la iglesia de San Andrés traían hasta aquí para distribuirla entre los pobres y los animales de carga.
Era un espacio abierto donde se vendía de todo: grano, ganado, utensilios domésticos, telas y objetos religiosos. A su alrededor se levantaban casas de madera con soportales, que ofrecían cobijo a los mercaderes y sus mercancías.
En aquel tiempo, la plaza era también punto de encuentro entre cristianos, judíos y musulmanes, que convivían en una villa pequeña pero vibrante. De hecho, en la parte baja del barrio se encontraba la judería madrileña, donde hoy está la calle del Almendro.
La Capilla del Obispo
En uno de los extremos de la plaza se levanta la Capilla del Obispo, joya del arte renacentista madrileño. Fue construida en el siglo XVI por orden de Francisco de Vargas, consejero de los Reyes Católicos, para albergar los restos de San Isidro Labrador.
Sin embargo, cuando las reliquias fueron trasladadas a la Colegiata de San Isidro, la capilla se convirtió en panteón familiar de los Vargas.
Su interior, restaurado con esmero, conserva un magnífico retablo plateresco de Francisco Giralte, discípulo de Berruguete, y relieves que narran los milagros de San Isidro. La cúpula octogonal y las bóvedas de crucería muestran la transición del gótico al Renacimiento, con una elegancia sobria y luminosa.
Frente a la capilla se alza la Iglesia de San Andrés, uno de los templos más antiguos de Madrid. En su cripta se veneró durante siglos el cuerpo incorrupto de San Isidro y el de su esposa, Santa María de la Cabeza, hasta su traslado a la Colegiata. El templo fue casi destruido durante la Guerra Civil, pero conserva aún restos de su pasado medieval.
Palacios y linajes
La Plaza de la Paja fue también escenario de la vida nobiliaria madrileña. En su costado occidental se alza el Palacio de los Lasso de Castilla, una de las casas más antiguas de la ciudad, con fachada de ladrillo y piedra y un hermoso patio interior.
En el siglo XVI, este palacio pasó a ser residencia de los Príncipes de Éboli, ligados al círculo de Felipe II. Desde sus balcones, la misteriosa Ana de Mendoza, la princesa tuerta de Éboli, observaba la vida de la plaza mientras conspiraba en los entresijos de la corte.
Otro edificio notable es el Palacio del Infantado, que conserva parte de su estructura original. Junto a él, el Jardín del Príncipe de Anglona, diseñado en el siglo XVIII, es uno de los jardines secretos más antiguos de Madrid. Con sus setos geométricos, su fuente central y su pérgola de rosales, es un remanso de paz en pleno casco antiguo.
Beatriz Galindo y Baldomera Larra
En la historia de la plaza también resuenan nombres ilustres. Por aquí paseó Beatriz Galindo “la Latina”, quien frecuentaba la vecina iglesia de San Andrés.
Siglos después, en el siglo XIX, vivió en esta zona Baldomera Larra, hija del célebre escritor Mariano José de Larra. Baldomera pasó a la historia por haber creado una de las primeras pirámides financieras modernas, conocida popularmente como “El Banco de Baldomera”. Su lema era sencillo y seductor: “Ganar el seis por ciento al mes sin riesgo”.
El sistema colapsó en 1876, arruinando a cientos de madrileños, pero su historia se convirtió en leyenda, reflejo del ingenio y el atrevimiento castizo.
Un lugar de memoria viva
A finales del siglo XIX, la plaza perdió su función comercial y fue cerrada al tráfico, convirtiéndose en un espacio más residencial. En el siglo XX fue restaurada y embellecida con jardines y bancos de piedra, y hoy es una de las plazas más tranquilas y bellas de Madrid.
Su pavimento en pendiente, su silencio a media tarde y la vista hacia las torres de San Francisco el Grande le dan un aire suspendido en el tiempo.
Pasear por la Plaza de la Paja es recorrer la historia entera del Madrid antiguo: desde los días en que los campesinos descargaban sacos de paja hasta las intrigas cortesanas y las leyendas urbanas del siglo XIX.
Y quizá por eso, cada visitante que llega hasta aquí siente algo especial: la certeza de que, entre estas piedras, Madrid empezó a ser Madrid.
Fuentes consultadas: documentación de la ruta “Latina / San Isidro”, Archivo Histórico de Madrid, Mesonero Romanos, y estudios de arte madrileño.