Los Orígenes: De Laguna a Plaza del Arrabal
La historia de la Plaza Mayor comienza mucho antes de los Austrias, en un paisaje que poco tiene que ver con la arquitectura que conocemos hoy. En el lugar donde actualmente se alza este icónico espacio, existía en época medieval la laguna de Luján, un cuerpo de agua que desapareció a finales del siglo XIII debido al incremento de la demanda hídrica de la población madrileña. Este dato, aparentemente anecdótico, revela una constante en la historia de Madrid: la lucha por el abastecimiento de agua, problema que ya preocupaba a los habitantes de la villa en pleno medievo.
Durante el reinado de Juan II de Castilla (padre de Isabel la Católica), comenzó a formarse en este espacio una plaza irregular que recibió el nombre de Plaza del Arrabal, denominación que hacía referencia a su ubicación extramuros de la villa medieval. Esta denominación es fundamental para comprender la evolución urbana de Madrid: la plaza no surgió como elemento planificado del núcleo urbano original, sino como resultado del crecimiento natural de la ciudad hacia sus arrabales.
Los Reyes Católicos fueron los primeros en regular este espacio mediante ordenanzas específicas. Durante su reinado se publicaron las primeras disposiciones que regulaban los puestos de venta, momento en el cual el espacio comenzó a denominarse oficialmente Plaza Mayor. Esta regulación temprana demuestra la importancia económica que ya había adquirido este enclave como centro comercial de la villa.
El Proyecto de Felipe II y la Transformación Filipina
El verdadero punto de inflexión en la historia de la plaza llegó con el traslado de la corte española de Toledo a Madrid en 1561, decisión tomada por Felipe II. Este monarca comenzó a planificar una remodelación integral de la plaza, aunque el proyecto no se materializaría durante su reinado. La visión de Felipe II era clara: Madrid necesitaba espacios dignos de su nueva condición de capital del Imperio.
Sin embargo, fue su hijo Felipe III quien llevó a cabo la transformación definitiva. Tras el paréntesis vallisoletano (1601-1606), cuando la corte se trasladó temporalmente a Valladolid, Felipe III retomó el proyecto paterno con renovado vigor. El monarca encargó la construcción de una nueva plaza que se inauguró en 1619, aunque el acto oficial tuvo lugar el 15 de mayo de 1620, fecha que coincidió deliberadamente con la beatificación de San Isidro Labrador, estableciendo así una conexión simbólica entre el espacio urbano y el santo patrón de Madrid.
Juan Gómez de Mora: El Arquitecto de la Plaza
El arquitecto responsable del diseño fue Juan Gómez de Mora, sobrino de Francisco de Mora, quien trabajó bajo la supervisión de su maestro Juan de Herrera. Este dato genealógico no es menor: conecta la Plaza Mayor con la tradición arquitectónica del Escorial, estableciendo una continuidad estilística entre los grandes proyectos filipinos.
El proyecto de Gómez de Mora fue extraordinariamente ambicioso para su época. Se demolieron prácticamente todas las construcciones existentes y en menos de dos años se completó una obra que comprendía 68 edificios de cinco alturas sobre planta con soportales, más sótanos o cuevas. El detalle arquitectónico era minucioso: la plaza contaba con 476 balcones con balaustradas de hierro, y se estimaba que sus viviendas podían albergar a más de 3.500 vecinos.
El acceso a la plaza se realizaba através de nueve calles: seis descubiertas y tres bajo arcos. Esta configuración, modificada posteriormente por Villanueva tras el incendio de 1790, permitía una circulación fluida entre la plaza y el resto de la trama urbana, integrando perfectamente el nuevo espacio en el tejido de la ciudad.
Sistema de Financiación y Organización Social
El sistema de financiación de la plaza revela aspectos fascinantes de la organización social del Madrid de los Austrias. Los propietarios de las viviendas contribuyeron económicamente al proyecto, pero a cambio obtuvieron la exención de la regalía de aposento, una servidumbre derivada de la capitalidad que obligaba a los ciudadanos a ceder parte de sus viviendas para alojar a miembros de la corte.
Además, los propietarios contribuían a los gastos de cada festividad celebrada en la plaza, pero como contrapartida se reconocieron tasas de alquiler de los balcones que variaban en función de la altura y el emplazamiento. Este sistema creaba una verdadera economía de la celebración, donde los eventos públicos generaban beneficios privados y contribuían al mantenimiento del espacio.
La Plaza como Escenario de la Historia
Desde su inauguración, la Plaza Mayor se convirtió en el gran teatro de la monarquía hispánica. El espacio acogió proclamaciones regias, fiestas de cañas entre caballeros, corridas de toros, canonizaciones de santos, representaciones teatrales, autos de fe de la Inquisición, ejecuciones públicas y levantamientos populares. Esta diversidad de usos revela la concepción integral del espacio público en el Antiguo Régimen, donde lo político, lo religioso, lo festivo y lo punitivo se entremezclaban en un mismo escenario.
La plaza sufrió tres grandes incendios en 1631, 1672 y 1790, tras los cuales fue sistemáticamente reconstruida. Estos siniestros, lejos de suponer una catástrofe definitiva, permitieron sucesivas mejoras y adaptaciones del espacio a las necesidades cambiantes de cada época.
Transformaciones del Siglo XIX y Continuidad Histórica
Durante el siglo XIX, los vaivenes políticos se reflejaron en los sucesivos cambios de denominación de la plaza: plaza de la Constitución, Real, de la República y de la República Federal. En 1939 recuperó definitivamente su nombre histórico de Plaza Mayor, simbolizando la voluntad de conectar con la tradición de los Austrias.
La Plaza Mayor representa así la materialización urbanística del proyecto imperial de los Austrias. No es solo un espacio arquitectónico, sino la expresión física de una concepción del poder, de la sociedad y de la ciudad que define el carácter específico del Madrid de los siglos XVI y XVII.
La plaza conserva el dato anecdótico de que la mayoría de las personas que intervinieron en su construcción llevaban el nombre de Juan: Juan II durante la plaza del Arrabal, Juan Gómez de Mora como arquitecto principal, Juan de Herrera como supervisor, Juan de Villanueva tras el incendio de 1790, Juan de Bolonia como escultor de la estatua de Felipe III, Juan José Sánchez Pescador como autor del pedestal, y Juan Cristóbal como restaurador tras el atentado de 1931.